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Mirar y ver. El sentido de la vista.

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Cuando hice este dibujo con pastel y carboncillo era un día en el que llegué a casa algo atemorizada. Sí. Ese día, por toda la ciudad, sentí miles de ojos que descaradamente se me cruzaban y miraban, por no tropezar conmigo, por dejarme pasar en la acera o simplemente porque nuestras direcciones se oponían. Fue un día lleno de retinas e iris, marrones, negros, verdosos, azules los que menos, todos iban danzando en sus órbitas como planetas celosos de su universo. El ser humano está diseñado para observar, para captar una realidad externa a la suya propia pero también, hay momentos como aquel día, en los que eres consciente que también estás expuesto a ser observado, a pasar a sujeto, más bien a objeto de curiosidades y entidades dispuestas a hacer de lo nuestro algo propio. En ese momento les pertenecemos, dejamos de mirar para ser mirados, son momentos simultáneos pero en nuestro interior debatimos sobre quién es el poderoso en ese instante, si el que nos observa porque se apropia de nosotros por unos segundos o si, bien, nosotros porque estamos siendo conscientes de una acción ajena a nosotros mismos.
 
 
La cultura occidental está llena de representanciones gráficas de la mirada y su elemento físico, el ojo, imágenes que forman parte de la iconosfera no sólo artística o cultural sino también mediática. Imágenes paganas y religiosas, ciéntificas, médicas... Todas ellas giran entorno al misterio de la visión. Los egipcios ya representaban el ojo con marcados caracteres pictóricos para resaltarlos, e incluso entraban en deformaciones para acrecentar su tamaño en relación al resto de los rasgos de la cara. ¿Quién no recuerda la escena del ojo atravesado por una navaja afilada en 'Un perro andaluz' de Luis Buñuel? Me viene a la mente, y sonrío, la imagen de la luna del corto de 14' de duración de Georges Méliès 'Viaje a la luna'. Un cohete pinchado en el ojo derecho de una luna mágica y personificada que acentúa el hecho de que los exploradores la habían observado para poder ir a ella. Observar, una vez más. Mirar, ver. La iconosfera del ojo está en todo los que nos envuelve, con su matiz metáfisico de convertirlo no sólo en elemento o soporte sino en objeto de sensaciones, sentimientos, inquietudes, en definitiva, un arma muy poderosa.
 
 
Veo, veo, ¿qué ves? Así empiezan ya a jugar los niños, a ser conscientes de que con la mirada, la suya, tienen un poder que puede ya formarlos en el 'saber' y 'ganar', sí, ganar un simple juego pero ya tienen como propio ese arma poderosa de antes. En 'La ventana indiscreta', Hitchcock desarrolló, de forma magistral y extraordinaria, lo que la mirada es capaz de producirnos, ahí se manifiesta claramente el rol del observador y del observado, más alla de lo meramente plausible o físico, es decir, imaginando con lo que vemos lo que puede ser la realidad. Y así miles de ejemplos literarios, como el Dorian Gray que se observa en el espejo de forma narcisísta, o artísticos, como los simbólicos ojos de Odilon Redón o los esquizofrénicos de las video-instalaciones de Tony Oursler, cinematográficos como los ya reseñados, incluso musicales, ¿cómo no recordar ese 'Smoke get in your eyes' de The Platters o de las distintas versiones que existen?
 
 
Desde los antiguos para los cuales, generalmente, el ojo era un signo de divinidad, la manifestación de una vida superior, de la vida eterna, hasta los pintores renacentistas que ordenaron el mundo con su mirada, y el mundo coincidía con su visión, era lo que sus ojos contemplaban desde un determinado lugar. De esta manera, desde siempre hemos tenido presente el sentido de la vista, tan importante en los platónicos para los cuales la percepción del mundo y, de la belleza en particular, ya se hacía exclusivamente a través de los dos sentidos principales, la vista y el oído. Así me sentí, todo eso giraba en mi mente cuando llegué a casa esa noche con la presencia de cientos de miradas, conscientes e inconscientes, sobre mí. Estaba inquieta, excitada, tremendamente sorprendida de comprobar como ése día, y no otro, sentí todo el peso de la mirada humana y tecnológica sobre mí. Ojos de músculos y nervios, ojos de acero y lentes de óptica pero, en definitiva, miradas humanas y plastificadas que todas ellas habían traspasado la capa más fina y sensible de mis sentidos.
 
Con todo ello os hago una invitación a mantener atentos los ojos del alma para ampliar vuestra visión. Que la curiosidad nos haga tan divinos como a las deidades ancestrales y tan mortales como a los que día a día nos miran por la calle. Y si os inquietáis, no importa, id junto a la ventana, asomados y mirad.

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