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Tengo un Pollock.

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Oír hablar de Pollock en los medios no es habitual. Estos días sí lo ha sido. Los más neófitos en arte enseguida atribuyen una identidad, claro Pollock, como no. No tienen dudas. En el mundo de las artes plásticas levita más de una presencia con ese nombre. Olvidamos al contemporáneo John Pollock el cual se define a sí mismo como el hacedor de imágenes de los elementos formales e informales, referidos a sus flores, o al decimonónico o finisecular, como acostumbran a llamarlo los más puristas, Thomas Pollock Anshutz, ese maestro del realismo norteamericano que nos deleitaba con dulces imágenes costumbristas, casualmente fallecido en 1912, año en el que nace el Pollock por execelencia, sí, Jackson Pollock, como si de un relevo se tratase.
 

A mí Jackson Pollock siempre me ha causado conmoción, emoción, no me ha dejado inmutable. Recuerdo mi primera visita al Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, donde pude contemplar la primera obra en vivo del mencionado autor, por ser uno de los pocos museos españoles que tiene obra de él. Su obra está en las penúltimas salas de la planta baja de la Fundación, junto a otros contemporáneos también abstractos y junto a la grande y majestuosa Verde sobre morado, de 1961 de Mark Rothko, presidiendo la sala como sabedora de su poder hipnotizador y majestuosidad abrumadora. Como decía, no es habitual oír hablar de Pollock fuera de los medios artísticos o cinematográficos, ahora también, gracias a la convencional pero no por ello menos interesante película dirigida por Ed Harris y dedicada a la vida del neurótico y compulsivo artista americano. Y de repente, se convierte en el autor más cotizado del mercado del arte de todos los tiempos, gracias a una transacción particular entre los magnates David Geffen (vendedor), uno de los dueños de los estudios Dreamworks y el mexicano David Martínez (comprador), actuando la casa de subastas Sotheby's como mera asesora.
 

Siempre me ha gustado lo sencillo, lo breve a la vez que lo meditado, el instante, de ahí que en Pollock veía uno de mis refugios visuales por contraposición a sus métodos, técnicas y estados mentales a la hora de poner en práctica su oficio. Su forma de pintar el gesto y su herencia del automatismo de las teorías surrealistas, materializados con el nombre de action painting, hacían que, el hecho de abandonar los pinceles y el caballete para desarrollar su técnica del dripping, lo convirtieran en el transmisor de eso mismo. Cientos de recortes de prensa, imágenes, fichas de la películas, todo eso corría por mi mesa en aparente caos pero con toda la fuerza que su propia obra conlleva. Caos es el concepto que va ligado al artista que nos ocupa hasta el punto de que la misma ciencia trató de ir más allá de lo meramente material y artístico para sorprendernos, en el número de febrero del año 2003, con un artículo en la revista Investigación y ciencia titulado 'Orden en el caos de Pollock' y que desde aquí recomiendo vehementemente. En él se comunicaba como un análisis computerizado ayudaba a explicar, en las pinturas de Pollock, el hecho de que sus goteos creaban motivos fractales similares a los que árboles, nubes y costas forman en la naturaleza. Lo sencillo y breve de mi gusto se alzaba en rebeldía ante tales datos para, por fín, haber encontrado una explicación a esa emoción que desde siempre yo sentía ante una imagen de cualquier obra de Pollock.
 

Sí, estos días hemos oído hablar mucho de Pollock, de Jackson, era inevitable que lo crematístico, una vez más, hiciera de una pintura una noticia relevante, sobre todo para los que, aún no estando interesados en lo artístico, si son seguidores de los records como el precio de la obra Nº 5 de 1948 que se ha convertido en la obra más cara de toda la historia de la pintura, pero no por mucho tiempo, creo yo, ya que las subastas de la temporada, de las dos grandes casas como Sotheby's o Christie's, aún están por llegar. Los que hemos sentido con la obra de este artista podríamos estar de enhorabuena si realmente no pensáramos que desgraciadamente el mundo de las finanzas no puede desligarse de lo poético o plástico, todo es mercado, quizás ahora lo que creíamos que era algo más particular e íntimo poder disfrutar de una obra suya, los que siempre hemos creído que Peggy Guggenheim no se equivocó al apoyar y dar a conocer a ese inquieto y genial muchacho de Wyoming, amén de su interés personal por él, los que siempre hemos pensado que los verdaderos infiernos personales sólo los conoce bien el artista, quizás ahora, más que nunca deberíamos guardar el monedero y decir ¡Tengo un pollock! Porque ahora, realmente, esos mismos somos los que seguimos teniendo a Pollock. Gracias, Jackson.

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