Reseñas y críticas de cine

"Los girasoles ciegos". José Luis Cuerda

Ratio:  / 0
MaloBueno 



No es fácil adaptar una novela al lenguaje cinematográfico, son dos formas propias de narración que con frecuencia tienden a ser comparadas cuando se trata de la misma historia, se ha de tener rigor, un buen conocimiento de cada lenguaje pero sobre todo, maestría con la consecuación de los hechos.

 

Nos encontramos ante este hecho, una novela premiada en varias ocasiones y llevada al cine de la mano de dos importantes autores como su director José Luis Cuerda y el fallecido Rafael Azcona, uno de los más valorados guionistas que ha dado el cine español. Al margen de elogios merecidos, la cinta en sí no va más allá de una obra maestra, es correcta, sabe captar el entramado psicológico del miedo y la represión de personajes ahogados en sus propios secretos y deseos más recónditos, por un lado los personajes de Javier Cámara y Maribel Verdú, que saben destilar ese amargo sabor del que se sabe perseguido por tener conciencia y pensamiento propio, y por otro lado, el tercer personaje conductor de ese trío interpretativo, el personaje de Raúl Arévalo, el diácono que lleva todo el peso de la fuerza narrativa del film, en contraste con el niño que es el que dota de cierta cordura al ambiente con su posicionamiento fiel a la situación familiar en la que se ve envuelto. El cine español está lleno de ejemplos de películas con temática bélica, la Guerra Civil y la postguerra han generado un gran caudal de historias que han sido plasmadas de forma aceptables en algunos casos y, en otros, de manera repetitiva y vacía.

 

Carlos nos dijo que la crítica la hiciéramos intentado convencer de lo bueno que hay en la película, de lo que nos gusta como tal, pero yo la voy a hacer desde ambos posicionamientos, lo que la hace recomendable y lo que la hace prescindible. Empezaremos por lo segundo para que nadie caiga en el engaño del mal consejo.

 

En primer lugar, habría que decir que la cinta cae en un academicismo letal, se trata de una narración lineal que no deja lugar a elipsis visiales o narrativas, plano-contraplano para las conversaciones entre dos, planos medios en su mayoría, sin dejar lugar a primeros planos riguorosos donde los personajes puedan comunicar ese intimismo psicológico que, el miedo que se da en todos los personajes, nos vislumbre su drama interno, los hay, pero son siempre enmarcados por el entorno ambiental, no da lugar a un primer plano desgarrador que genere tensión por la situación de los personajes. La tensión, que podría ser exacerbada por las circunstancias vitales de los personajes, queda sólo en la parte narrativa, la visual, los elementos técnicos del lenguaje cinametográfico, como podrían ser travellings envolventes o encuadres poco convencionales, quedan desdibujados, los planos de exterior, como los de Maribel Verdú a la salida del colegio, o los de Raúl Arávalo en el claustro del seminario no van más allá de meras postales, todo está puesto en escena desde la frontalidad, apenas hay puntos de vista más alla de la altura de la visión normal de un ser humano. Eso la hace más academicista, si cabe, a la película. La histora incial de la huída de la hija con el yerno comunista también queda sesgada y sin cierto sentido, es más una forma de llenar el metraje sin añadir tensión emotiva a la cinta, es lo menos creíble de toda a la historia.

 

Asimismo, hay numerosos tiempos muertos en el metraje, apoyados por esa narrativa academicista. La historia, cargada de miedo, represión, falta de libertad y sinrazón, no está acompañada de recursos cinematográficos que refuerzen esos condicionantes. Y esto nos lleva a lo positivo del film, todo ello hace que no se caiga en un sentimentalismo edulcorado, a pesar de la inclinación idiológica de los autores. Las posiciones están claras, esa falta de sentimentalismo es lo que confiere al film su logro en cuanto a saber plasmar la opresiva vida cotidiana de la época, la España del año 1940, recién acabada la guerra y con unos protagonistas tan desorientados en lo vital, como la propia sociedad a la que pertencen. Y esto se consigue aun siendo que se trabaja en el mundo de los sentimientos. La historia de amores reprimidos, deseos incontralados que, se materializan sobre todo en el papel del diácono de Raúl Arevalo y sus diálogos con su superior, son quizás lo que más convence y lo que mejor narrado está. En esta parte es donde se dan esos escasos primeros planos que yo echo de menos en la película, es aquí donde se da la cercanía y humanidad del personaje, lo que confiere de cierta tensión dramática a la película, sus dudas que se balancean entre el pecado y el deseo. Son confesiones íntimas del protagonista que acentúan lo dramático de la historia. Todo ello en un ambiente de traiciones desmedidas, acordes a la ideología imperante, traiciones que llevan a los personajes a desiertos vitales de amargura, sinsentido y desazón.

 

La ambientación es adecuada y conseguida, enmarcada en ese escenario principal que es la casa en la que viven los protagonistas, una casa de clase media en la que se vertebra a cada momento la imagen del pasillo con las estanterías repletas de libros. Esa imagen horizontal y profunda del pasillo es, a mi modo de ver, una doble metáfora espacial, es el inicio de esa 'madriguera de secretos' de las que están llenos los habitantes que la moran y, a su vez, un guiño intelectual a lo que significan los libros, como materialización del conocimiento y de una cierta conciencia de sus propietarios, en el sentido de que son Javier Cámara y sus allegados los que tienen la razón ideológica, los que más objetivamente pueden salir vecendores de esa dualidad política entre la derecha y la izquierda, es decir, los autores de la historia y de la película se retratan de alguna manera con esta biblioteca vertebradora. De hecho, los libros son leídos por ellos y cuando salen de nuevo en escena, con la policía en casa para hostigar a la propietaria, estos son arrojados al suelo y tratados con desdén y desprecio, maltratados, en contra de lo que hace Javier Cámara con ellos, que los trata con admiración y cierto mimo, incluso cuando lee a su hijo un pasaje de un libro de poemas de Antonio Machado.

 

Otra metáfora que veo en la película es la relacionada con los pájaros, éstos son cazados y metidos en una jaula, metáfora de los perseguidos por los ganadores de la contienda, por el bando nacional; cuando los cogen, el padre del amigo del niño le pregunta: “¿tú serías capaz de pelarlos?... para freirlos y comerlos despúes” , a lo que el niño huyendo y corriendo ante tal afirmación, por lo cruel que esto puede llegar a ser para un niño, o, quizás, porque ve a su padre reflejado en uno de estos pájaros, de hecho, luego, a lo largo de la película muestra su deseo de que unos de éstos pájaros, al que se ha llevado a casa en una pequeña jaula, cante, y así se lo repite a su padre varias veces, como el deseo de verle a él también libre y pudiendo hablar sin esconderse.

 

El arrepentimiento final del diácono, otra vez con un primer plano de los antes mencionados, es quizás la parte más esperanzadora de la película, a pesar del mal que ya se ha causado. Su arrepentimiento hace que los malos no parezcan tan malos, y de hecho de sus palabras de confesión por esto, se trasluce que él lo ha hecho como buen católico y patriota pero sin decir nunca que lo hace como buena persona; con ello se evidencia, una vez más en la película, cómo influye una doctrina y modo de vida impuesta, deja entrever la diferencia que hay entre convicción personal e idiología impuesta a la fuerza, él duda de lo que ha hecho, está arrepentido, a pesar de que al que ha delatado es al 'malo'.

 

Concluyendo, se trata de una narración lineal y convencional, de pocos recursos técnicos alternativos, aun así, el guión consigue entrar en lo que la historia refleja, un ambiente psicológico íntimo de traiciones, miedos propios y ajenos, de verdades a medias que no se sostienen, de cómo el devenir político de un país en un momento determinado puede marcar el futuro de unas personajes que deambulan por él con el sinsentido de la realidad, donde acercarse el uno al otro es tan peligroso como la propia desconfianza, donde ser uno mismo es casi ciencia-ficción, un imposible que marca destinos, fatales en su mayoría, se trata de callar, de no ser visto porque todo está regido por la sinrazón y la ignomia. Nada es visto con la naturalidad que ha de guiar a la persona, el sexo, el desnudo, la palabra políticamente incorrecta, todo esto es negado y ello hace que los protagonsitas acaben en un final desesperado de muerte y mentira.

 

Se trata de una película que se deja ver, entretiene pero sus lagunas visuales, como la escena de la vaca cuando huye la hija y su novio, ese primer plano de la vaca queda vacío, sin continuación, es gratuita su presencia, no aporta razón narrativa ni estética, quizás como metáfora de nuevo, de la tragedia que palpa a cada momento a los personajes, pero sin ningún tipo de ligazón a la trama central. Película que se queda en correcta, sin alcanzar grandes logros estéticos ni narrativos, pero que al menos, es objetiva con lo que supuso un momento en un país que desembocó en 40 años de oscurantismo y negritud vital.

 

 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Joomla templates by a4joomla