Narrativa

El pescado

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Tres divorcios. Seguro que vestirá de rojo y con tacones de infarto. No puedo creer que desayune en un hotel de cinco estrellas. ¿La cafetería? <<Pasillo a la derecha>>, me responden en recepción. Está sentada en la mesa del ventanal. Justo como la imaginaba.

─¡Sara, tesoro! ¡Cuánto tiempo! ─se levanta contoneándose para besarme.

─Sí, meses. ¡Estás guapísima! ─su cara no muestra arrugas y aunque no confiesa la edad, tiene cincuenta.

─Bueno, prefiero sentirme joven. Lástima que para una vez que quedamos, tenga solo un ratito. Y bien, ¿qué era tan urgente?

─Gracias─ me había quedado absorta mirando al camarero servirme la taza de café que no había pedido y unos pastelitos.

─Te vi llegar por la ventana y pedí para las dos. ¿Qué ibas a contarme? ─preguntó levantando la cucharilla y sin mirarme a los ojos.

─Quería hablarte de Gustavo.

─El doctor, hace tiempo que no le he visto. ¿No le importará verdad? ¿Y qué le sucede?

─Creo que tiene problemas.

─Ya, como todos ─levantó un pastelito con la intención de mordisquearlo.─ ¿Desde cuándo?

─Ayer, me gritó en la cena.

─¿Te gritó? ¿Qué hiciste?

─Llorar.

─Eres tonta. ¿Por qué no le contestaste?

─¡Qué! ¿Contestarle? Había quemado el pescado. No lo pensé.

─¿No lo pensaste? Vaya, te tiene dominada.

─Adela, ya lo conoces, reservado y no sé cómo ayudarle. Por eso, había pensado en ti.

─¿Para ayudarle a gritarte?

─No.

─Prefería no decírtelo, ¿pero has pensado si te engaña? Solo tienes que mirarte para pensarlo.

─Adela, tengo casi cincuenta años. ¿Cómo quieres que vista?

─Un poco más sexy. No hueles a perfume, llevas la cara lavada y no digo nada del vestido soso.  ¿Cómo es posible? 

─Gustavo está por encima de esas banalidades. Me quiere, es una cuestión económica ─me estaba irritando por momentos.

─Sí, seguro. Díselo a todos esos hombres casados y estresados con los que disfruto mientras sus mujeres están fregando y cocinando en casa. ¿Por qué Gustavo es hombre, no?

─Te equivocas, él es distinto.

─Seguro que sí y en la cama, un crack.

─Adela me sonrojas, haces preguntas fuera de lugar. Porque a ti no te haya funcionado el matrimonio tres veces, no puedes pensar que los demás estamos equivocados. Además, hoy no se quemará el pescado.

─Di que sí, cielito. Espera, la última calada y nos vamos, a las doce tengo una cita con un cliente importante en el banco. Sara, piénsalo fríamente y hazte un favor: no le hagas la cena.

¿Qué no le haga la cena?  Lo sorprenderé. Compraré merluza.

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