Poesía

Esta superstición

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La joven estaba sentada en la arena. Lo curioso para mí era que los cefalópodos no la devorasen.
Pero vi que las llaves del gas estaban abiertas y los pájaros niños caían fulminados del cielo a sus tentáculos. Ella estaba sentada en la arena, nada más. Y tenía los ojos cerrados, pienso ahora que vuelvo los míos hacia el este, hacia Greenwich y te veo a ti superpoblada de efemérides, y te veo a ti a caballito del zodíaco trayendo a Orión para mi alegría. Lo curioso para mí era que no se moviera y sin embargo estuviese viva. Porque la muerte da cierta inmovilidad. Me acuerdo quede pequeño dejaba inmóviles a las hormigas, y otras venían y se las llevaban sobre sus antenas vibrátilfuriosas. Y me acuerdo que después tiraba piedras al Tomás González. Y las piedras caían en la corriente y yo las buscaba, y ellas cambiaban de lugar parecidas a tus presentimientos cuando sueñas conmigo.

La joven estaba sentada en la arena inmóvil, con los ojos cerrados y lacrados, pienso ahora que miro los tuyos aliterados con la costumbre que se pide. Los que la amaban pasaron entre ella y el mar, entre ella y el sol con la mueca irresistible del príncipe desencantador. Otros escribían mensajes en la arena o hacían túneles donde depositaban un molusco rapsoda que le llevara el nácar. Los que la odiaron perforaban una garza blanca y la arrojaban en su falda con un reloj y
una cadena para leopardos. Yo siempre vuelvo a ti abierta mensajera que no te le pareces.
Y sin embargo pienso que la hubiera querido. De cualquier modo ella esperaba a sus amados
allí, sobre la arena, sola, inmóvil, intacta con ojos nacarados. Era la novia de mis amigos.

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