Ensayos

"Cómo ser mujer con Rodin", por Milesia

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Cómo ser mujer con Rodin


Por Milesia


Pensamos en Auguste Rodin e inconscientemente nos viene a la mente “El pensador” o “El beso”. Los medios nos han acercado a un Rodin escultor y han hecho que, inevitablemente, le asimilemos con la escultura. Pero hay otro Rodin, hay un más allá de lo meramente volumétrico y espacial en su obra artística: sus dibujos. Los museos, conscientes de esa otra forma de expresión plástica, nos muestran esa faceta lineal, plana, bidimensional del escultor del siglo XIX por excelencia.Auguste Rodin significó un hito en su revolucionaria manera de concebir la escultura. La elevó a un plano nada academicista en donde la narración del tiempo, poco a poco y de forma deliberada, daba como resultado una escultura en movimiento, de contornos no tan delimitados como la que se hacía, intentando escapar de ese claustrofóbico clasicismo a pesar de su formación clásica. Fue un innovador inmerso en un tiempo finisecular de cambios y planteamientos arriesgados, de experimentación formal y de resultados nada convencionales.

 

Tuve ocasión de colaborar en la organización de una muestra de sus dibujos eróticos. Se trataba de un planteamiento y una estructuración basada en un concepto formal. Una estructuración, diría yo, fácilmente delimitada en tres partes. Una primera en donde se nos mostraba unos personajes femeninos individualizados, una segunda que marcaba el intermezzo de la muestra en la que se nos presentaba tres esculturas en bronce y una última parte formada por sus parejas sáficas, en donde la figuración ya no es un solo individuo, sino dos, donde es claramente notoria la influencia de los grabados japoneses con esa sensualidad tan explícita y elevada a la vez. La primera parte estaba presidida por un dibujo, como elevado en un altar por su significado y debido a su aislamiento expositivo frente a los otros, su “Satán”, el cual representa a una mujer desnuda sobre la espalda con las piernas levantadas y separadas. En él Rodin ha escrito la palabra Milton ya que remite al gran poema bíblico “El paraíso perdido” del inglés John Milton. Representa a la mujer con una cola de Satán pero no para mostrarnos a una mujer malvada, una femineidad demoníaca, sino como una consecuencia, como un juego vertebrador, ya que la mujer en estos dibujos no representa el mal en sí sino todo lo contrario, no se trata de un sexo mercenario sino de un sexo voluptuoso, en plena libertad y como bien diría Nietzsche de la obra Rodin, “más allá del bien y del mal”.


Formalmente, se nos muestra, en toda las obras, a una mujer en plena desnudez, voluptuosa, dueña de su actos y de su libertad, captada por el lápiz del artista con un trazo formal rápido, sinuoso, pletórico de carnalidad. Un trazo casi espontáneo que confiere a las obras, de pequeño formato todas ellas, un carácter efímero y volátil. Compositivamente sus figuras femeninas parecen todas ellas suspendidas en el aire, por la nula aparición de elementos de apoyo. Nada de arquitecturas ficticias o reales, nada de aditamentos ornamentales, simplemente, un soporte, el papel, todos ellos color crema, y la figuración: la mujer, la protagonista única y exclusiva, la única razón. Técnicamente, frente a la mina de plomo que utiliza el artista, es muy reseñable su empleo de la acuarela. Ésta es muy explícita, sobre todo en determinados dibujos como “Femme nue allongée et de face”, “Rocher” o “Femme nue assise sous l’eau”. Aquí, con el empleo de esta técnica cromática, lo que se pretende es conceder ese carácter acuoso ligado a la esencia de la mujer, mujer como universo de fluidos, el agua como universo de vida. Utiliza para ello la gama cromática de los azules en contraposición a otros dibujos, en los que, con el mismo empleo de la técnica a la acuarela, los hace con una paleta cromática de rojos y ocres como es el caso de “Femme nue sur le dos, aux jambes levées”, “Femme nue allongée et de face” o las más formal y cromáticamente explícita como es su “Jardin des supplices”. Tonos rojos y ocres que se muestran como derrames vertidos desde el sexo de la mujer, símbolo de su fertilidad, como ensalzamiento de la menstruación femenina que sólo su condición física encierra. La sangre femenina vista, no desde la experiencia, sino desde lo imaginario. Lo imaginario de la mujer para el hombre, para el artista, para su masculinidad. Atrevimiento que se concede el autor para, una vez más, mostrarnos a esa mujer íntima y plena de feiminidad. Mujer dueña de dulzura, gracia y voluptuosidad sin dejar de ser un cuerpo libre y vital lejos de deseos morbosos que amenazan constantemente a los individuos y con una clara intención remarcable de la emancipación sexual, biológica, social, religiosa o económica de las mujeres. Sus tres únicas esculturas mostradas en esta exposición estaban formadas por un modelo decapitado de su célebre Balzac y otras dos de pequeño tamaño, todas ellas realizadas en bronce que pretenden ser una prolongación de esa sensualidad tan inherente que emana de sus dibujos. La primera, el estudio sobre Balzac, muestra a un cuerpo masculino, musculoso y con el miembro viril erecto, el cual es sujetado por el protagonista. La segunda de ellas, “Movement de danse H” y la tercera “Figure volante, petit modèle” muestran un juego de piernas lanzadas al aire, relacionadas con las ideas del ballet, tan en boga a finales del siglo XIX y un torso femenino, levemente inclinado y con las piernas ligeramente entreabiertas, también decapitado, que nos muestra suavidad en el modelado pero una monumentalidad y concepción del movimiento que complementa la posible bidimensionalidad estática de sus dibujos y que, a la vez, muestra esa pasión “rodiniana” por la figura humana y su tratamiento formal característico como son sus texturas llenas de impurezas, a las que el propio autor no dudaba en dejar visibles, para así dar más fuerza y naturalidad a sus obras. Un juego espacial y a la vez temático, el sexo una vez más.

 

En su conjunto la exposición mostraba una faceta privada e íntima de los artistas, ésa en la cual dan rienda suelta a las pasiones, deseos y formas sexuales, tan íntimamente ligado al ser humano y que no siempre eran mostradas al público. Estos dibujos pertenecían a lo que Rodin llamaba su “submuseo”, debido a la hipocresía social de la época. Se corrió la voz de que el escultor estaba dibujando cosas que escandalizarían hasta al más liberal de los humanos, de ahí que tuvo que esconderlos y exhibirlos en otros países, fuera de Francia. En el diario La République del 10 de octubre de 1907 apareció escrito: “Algunas figuras eran de un impudor que haría sonrojarse a un mono”.Afortunadamente, hoy, no hemos de ir a otros países para poder contemplar este tipo de muestras. Como espectadores implícitos deberíamos exigir más exposiciones donde la naturaleza humana no tenga porqué aparecer enmascarada o donde, simplemente, podamos vernos reflejados sin necesidad de pensar hipócritamente que lo que vemos no va con nosotros.

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